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La Terapia Neural:

Cómplice y Gestora de

Encuentros para la Vida

 

por Sandra Isabel Payán Gómez
 



Escribo este texto con la claridad que me permite un corazón que está aprendiendo a saber lo que siente, y a sentir lo que sabe. Y sin estar segura de poder expresar con mis palabras lo que ahora siento y se, escribo impulsada por la inmensa alegría del encuentro. Esta vida sabia, nos ha puesto aquí, frente a frente para encontrarnos. Con ingeniosas y bellas excusas, su propósito es que nos encontremos, y para que el propósito se cumpla, es necesario, además del deseo de hacerlo, estar presentes.

Estar presentes, en este aquí y en este ahora, único e ineludible, significa no resistirse a la vida, dejarse vivir por ella siendo simplemente lo que somos. Y para eso, no hay otra forma que despojarnos de lo que no nos deja ser, o por lo menos intentarlo. Despojarnos de las máscaras que nos ocultan, de los papeles o roles que nos niegan, de las normas que nos obligan, de las certidumbres que nos atemorizan y de los discursos que nos distraen. Para encontrarnos, hay que desnudar el corazón retirando lo que nos cubre, es decir, los pretextos que inventamos para no tocarnos. Si no lo hacemos, podemos llegar, toparnos y pasar, podemos incluso vernos, leernos y escucharnos, pero nunca ,nunca, encontrarnos. 

Por esto hoy, aunque escribir sobre Terapia Neural, es más difícil para mí, es, a la vez, más placentero. Porque en este esfuerzo por organizar y moldear palabras para expresar a otros mis ideas y sentimientos, está la necesidad de verme a mí misma; y en el descubrimiento de lo que soy, está el encuentro con los otros.  

Hoy, no deseo, y posiblemente no pueda, hablar de Terapia Neural si no es desde mí, desde mi experiencia y desde mi camino. Un camino, como el de todos, lleno de contradicciones, sueños, subidas, bajadas, luces y sombras, en el que la Terapia Neural ha sido una gran cómplice; en ella me revelo y ella se revela en mí, y así, nos vamos transformando mutuamente.  

Consecuente con sus fundamentos y por supuesto con los míos, no me refiero a la Terapia Neural como si estuviera por fuera de mí, así como no están por fuera de mí los otros, el Universo ni la vida misma. Todo está en mí, no solamente por interacción o interdependencia, si no esencialmente porque en este mundo de complejidad vital, todos “intersomos”, es decir, que no sólo nuestro hacer afecta el entorno, y al revés, sino que nuestro ser, pertenece al ser de los demás; somos para, con y en los demás, y al revés. La relación entre todos y de todos con el Universo se da en el “interser”, por eso es que al encontrarnos con nosotros mismos, ocurre el milagro del encuentro con los otros y con el Universo. 

Con gozoso asombro, veo cómo en mi vida los límites entre lo personal y lo laboral, se desvanecen; me doy cuenta cada vez con mayor claridad cómo lo íntimo y lo público, lo “desde dentro” y lo “desde fuera”, el sentimiento y el pensamiento, y el vivir y el discurso, se enredan en una iluminadora confusión. Me entero que estos límites, así como la mayoría en los que cree nuestra humanidad, son artificios; es decir, que todo habla de lo mismo, que todo habla de lo que somos.  

Todo se va mezclando, mis creencias, mis experiencias, mis emociones, mis afectos; todo se integra, o mejor, todo devela su inherente integración. La separación no existe, el discurso se diluye en la vida, en mi vida, y sólo así, el discurso cobra sentido. Las explicaciones y concepciones que privilegian el pensamiento y la razón, sólo le sirven a la vida cuando llegan y afectan el lugar donde los cambios son reales y profundos: el fondo del corazón, el lugar donde anidan los sentimientos, el lugar de lo innombrable, de lo invisible.  

Siempre me ha apasionado y estremecido la correspondencia que encuentro cada día entre la concepción de la Terapia Neural,  la esencia de la organización social, y mis creencias y propósitos de vida, es decir, entre la relación con mis pacientes, el trabajo comunitario, y mi cotidianidad e intimidad. Esta correspondencia entre espacios supuestamente tan diferentes, no es ni lineal ni azarosa; se me parece más bien a los rasgos comunes que se encuentran en letras escritas con la misma mano, se me parece a la metáfora...  

Veo esta correspondencia, en parte, gracias al aprendizaje que me ha permitido la Terapia Neural; y darme cuenta de ella me asombra tanto, gracias a la ignorancia que implica pertenecer a esta humanidad que no cree en la vida, y a la que lo obvio le parece extraño. La realidad me sorprende porque formo parte de una sociedad que fragmenta, que irrespeta, que impone, y que prefiere dominar a cooperar, excluir a incluir, y obedecer a desear.  

Entender la sociedad de la que formamos parte suele ser muy importante en este camino de descubrir lo que somos y de decidir en lo que queremos creer. Específicamente, entender cómo la sociedad se transforma y cómo hemos llegado a ser lo que somos, es muy útil para quienes asumimos la Terapia Neural, o cualquier otra práctica médica, como una actitud frente a la vida y no simplemente como una técnica. En esta discusión, que no tiene fin ni verdades absolutas, hay ideas y pensadores que iluminan mis reflexiones: 

Maturana afirma que para que haya un cambio cultural es necesario que haya cambio emocional; que una sociedad se transforma sólo en la medida en que las actitudes y valores de los seres humanos lo hacen, es decir, sólo si se afectan las motivaciones, los sentimientos y los sentidos. Sólo si se quiere y se desea con el corazón es posible ser, transformarse o permanecer, como individuos o como sociedad; otra voz a favor de trascender los discursos.

Capra, entre otros, coincidente con filosofías ancestrales como la china, describe un “ritmo básico universal”, en el que la dinámica de la historia de la humanidad es vista como fluctuaciones cíclicas y continuas que tienen su propio ritmo y propósito. Como movimientos complejos y sincrónicos de la cultura y de todas sus manifestaciones (incluyendo las emociones, las creencias y las formas de organización de la sociedad), que emergen de las relaciones que estos mismos permiten, y cuyo carácter vital los hace impredecibles e incontrolables.  

Las sociedades y los seres humanos, así como la naturaleza y el Universo, son intrínsecamente dinámicos o cambiantes. Contagiados por la vida, nuestro devenir y nuestra historia sucumben a su irresistible movimiento y ritmo, a sus ciclos, a su música y a su baile...  

Esta mirada se aparta de la propuesta del modelo evolutivo que plantea que la historia de la humanidad es el resultado de las guerras y los conflictos. La idea de que la evolución, tanto biológica como social, ha sido posible gracias a las luchas desalmadas de organismos (y microorganismos) que compiten por su propio beneficio a costa del exterminio de los más débiles, ya no puede sostenerse, la vida está llena de motivos para no creerla.  

¿Por qué extraña razón se nos hizo más fácil suponer que un día levantamos las manos de la tierra y nos pusimos por primera vez de pie para tomar un arma y matar a otros (animales y seres humanos), y no para recolectar y cargar alimentos parar compartir?, ¿por qué los dibujos de nuestros antepasados se nos parecen más a flechas que a plantas?. Por la misma razón por la que vemos luchas en lugar de abrazos, violencia en lugar de vínculos, partes separadas en lugar de relaciones...  Los modelos con los cuales nos vemos, pensamos y sentimos, no nos dejan entender nuestra propia naturaleza. 

En un esfuerzo por reinterpretar nuestra historia, muchos autores como Riane Eisler y Humberto Maturana, plantean que el desarrollo de la humanidad y de la civilización, se debe más a la capacidad de cooperar y de amar de los seres humanos y de la vida misma, que a la competitividad y a la dominación. De hecho, se propone, y eso es en lo que creo, que somos esencialmente seres del amor, de la caricia y del encuentro. No porque la historia más accesible a nuestra limitada memoria, esté llena de violencia, dominación y competitividad, significa que esa sea nuestra naturaleza; esa parte de la que nos acordamos es sólo un momento de nuestra fluctuante historia, y eso que sobresale es sólo una parte de lo que somos. En nuestro cuerpo, así como en la naturaleza, la tendencia es a cooperar...  

Según esta mirada alternativa, la historia de la humanidad ha fluctuado entre modelos de solidaridad y modelos de dominación, es decir, entre sociedades que privilegian el poder de unos sobre otros, y sociedades en las que prevalecen los vínculos afectivos y la cooperación. En general, y sin querer irrespetar la singularidad y complejidad de las sociedades, es evidente que los grandes cambios en la historia de la Cultura Occidental, después del surgimiento del patriarcado en el año 3000 AC hasta nuestros días, no se han salido del modelo de dominación. Incluso algunos, como el surgimiento del capitalismo, el positivismo y el mecanicismo, han significado el perfeccionamiento de las condiciones para dominar, controlar y excluir.  

Se plantea que antes de este gran periodo, los seres humanos se organizaban en comunidades en las que primaba el amor, la preocupación por los otros, y el respeto por la tierra; comunidades que adoraban a la Diosa, como símbolo de vida y de la sabiduría de la naturaleza, es decir de lo femenino. El conflicto, la competitividad y la agresión existían como episodios del convivir, pero no como el modo de vida imperante. Ahí está la diferencia.   

Lo femenino, tan reconocido en esas comunidades prehistóricas, no fue erradicado totalmente por el patriarcado, lo que sucede es que desde entonces ha quedado oculto, subordinado y relegado. “El antiguo amor a la vida y a la naturaleza, las antiguas usanzas de compartir en vez de arrebatar, de cuidar antes que oprimir, y la visión de poder como  responsabilidad en lugar de dominación”, están presentes en la sociedad y en los seres humanos, porque lo femenino es parte de nuestra esencia.  

Esta mirada diferente de la historia puede estar tan llena de suposiciones e imaginación como la del modelo evolutivo; pero además, está impregnada de deseos y de esperanzas, lo que nos es más útil que la obediencia y la resignación.  

Para mí es importante entender la concepción de la Terapia Neural desde la forma como nos relacionamos los seres humanos, es decir, desde la posibilidad y necesidad de encontrarnos y de amarnos; desde conceptos, que son más bien emociones, como la solidaridad y la dominación. Remitirnos a lo que somos y a nuestras relaciones, permite que el discurso y el pensamiento pierdan peso para que lo gane la vida y el sentimiento, impulsándonos a hacer transformaciones desde lo más íntimo de nuestro ser. Esta manera de entender la historia de la humanidad me lleva a pensarme y a sentirme a mí misma, me toca y me habla de lo que soy, por eso me gusta e intento entenderla. 

La racionalidad de la que forma parte la Terapia Neural, es la racionalidad que justifica y garantiza que todos los seres nos preocupemos por todos; que el dolor y la alegría del otro nos interese; que el otro nos importe; es decir, que el otro no sea “el otro”. Es la racionalidad de la solidaridad, del amor y del encuentro; de ese encuentro con los demás que implica el encuentro con uno mismo. La Terapia Neural está en el camino hacia la reinvención de la vida, hacia una vida en la que todos aprendamos y recordemos cómo cuidarnos los unos a los otros. Y en este camino, sólo es posible aprender y recordar, desaprendiendo y olvidando. 

Primero, es necesario desaprender a dividirlo todo en opuestos: los seres humanos somos buenos o malos, hombres o mujeres, feos o bonitos; lo que vemos es blanco o negro, está afuera o adentro, es mecánico o biológico; las enfermedades son psicológicas u orgánicas; las medicinas son alternativas u ortodoxas... Todo dividido en opuestos que se excluyen y que se disputan a muerte el puesto de la verdad y la hegemonía. Así no es posible comprender ni hacer parte de la transformación hacia la solidaridad. Esta mirada que parece obsesión, nos obliga a alejarnos cada vez más los unos de los otros y nos separa de nuestra esencia.  

Según la filosofía ancestral China, todas las manifestaciones de la realidad se originan en la interacción dinámica y armónica de dos fuerzas: Yin y Yang, las cuales son extremos de una unidad que lo abarca todo; nada es sólo Yin o sólo Yang. Es decir que no son opuestos que se excluyen, sino aspectos complementarios; uno no se subordina al otro, y uno no es sin el otro. La ambigüedad, la incoherencia y la contradicción se reconocen entonces dentro de la sabiduría de la vida.  

Por nuestra incapacidad para pensar y sentir sin separar y oponer, hemos distorsionado los significados de conceptos como Yin y Yang, y como femenino y masculino, volviendo contrincantes a los complementarios, y dominio a la cooperación. Estas fuerzas complementarias se necesitan mutuamente en un justo equilibrio, pues el favoritismo de una de ellas supone instantáneamente la distorsión de ambas; la pérdida de la sabia armonía implica que ya no sean lo que realmente son.  

Para nuestro pervertido sentido común que ha privilegiado lo masculino sobre lo femenino: lo Yin o lo femenino es igual a mujer, pasividad, debilidad, sentimentalismo y sumisión, y lo Yang o lo masculino es igual a hombre, actividad, fortaleza, inteligencia y poder. Una fuerza atropellando y negando a la otra, y en ese camino, el ser humano desconectándose de sí mismo y de la naturaleza.  

Sobran las evidencias del daño que nos ha traído esta distorsión: mujeres esforzándose por parecerse a los hombres, hombres esforzándose por diferenciarse de las mujeres; unos dejándose matar por desconocer su poder, otros matando para demostrarlo; todos perdidos, incapaces de encontrarnos y de sentirnos plenos con lo que somos, porque ya lo olvidamos. Se nos olvidó que somos seres emergentes de la sabiduría de la naturaleza, milagros de vida; se nos olvidó que todos somos uno y que nuestra esencia es el amor.  

El “progreso” que con tanto afán ha buscado nuestra “civilización”, ha consistido en un desarrollo acelerado de la tecnología a costa de la convivencia y de la equidad, en unos deseos locos de acabarnos los unos a los otros, y en un miedo inexplicable de vincularnos.  Aprender a encontrarnos, no será fácil...  

La tarea es entonces, “sanar la brecha”, reconociendo que somos al mismo tiempo femenino y masculino, sentimiento y pensamiento, integración y autoafirmación; que no existe un aspecto sin el otro, que se contienen entre sí y que uno no es más que el otro. Se trata de que hombres y mujeres recuperemos nuestro femenino perdido, ese que nos impulsa a cuidarnos los unos a los otros, a respetar los ciclos de la naturaleza, a tejer redes entre todos, y a creer sin necesidad de demostración. Y que le demos a nuestro masculino su justo lugar, entendido como la fuerza que afirma a cada ser con su voluntad, su libertad  y su valor.  

Este es el camino en el que la Terapia Neural es cómplice; en el que se integra lo que creíamos separado, y en el que se recupera la conexión con la vida y con la tierra, es decir, con lo que somos. Es por eso que la verdadera transformación no es el resultado de una batalla hacia fuera o de convencer a los otros; sino la consecuencia de un intenso proceso creativo en el que uno se mira a sí mismo, escucha su propia voz y siente la luz de su alma.  

Con esta mirada, quiero contar mi versión de lo que es la Terapia Neural, la cual segura y afortunadamente compartimos muchos. Se trata de un intento por darle una explicación que nos permita ser más coherentes y más libres. Sin olvidar que las explicaciones son sólo cajones en los que la vida no cabe; posibles metáforas que se acercan, unas más que otras, a la realidad, pero que en ningún momento la reemplazan.  Es más, cuando se trata de vivir, lo mejor es prescindir de ellas.   

Esta explicación tiene el don de desaparecer o transformarse en el momento en que comience a estorbar, a producir más desencuentros, o a complicar en lugar de iluminar. Para mí lo importante es que no sea sólo un cambio en la forma de decir, sino un crecimiento en cómo se siente y se vive la Terapia Neural. 

La Terapia Neural es una forma de relacionarse los seres humanos, en la cual cada uno se encuentra con los otros y con el Universo a través del reconocimiento de sí mismo. Es una terapia cuya esencia y propósito es el encuentro. Genera encuentros para el reconocimiento de lo que somos. Impulsa a cada ser a mirarse a sí mismo desde el lugar en que se pone la aguja.  

Este lugar no es sólo un punto en el cuerpo, es una situación irrepetible que emerge del encuentro de mínimo dos seres humanos (terapeuta y paciente). Es una síntesis de tiempo y espacio, y de pensamiento e intuición. Es un lugar anatómico, emocional, espiritual y social a la vez, que surge en el instante mismo del encuentro. La única manera de conocerlo es estando ahí, atentos, formando parte del momento, y hacer lo que uno cree que hay que hacer; llegar como si no se tuviera nada entre las manos y al mismo tiempo como si se lo tuviera todo...   

Desde el lugar en el que se pone la aguja, el cuerpo se escucha, se ve y se da cuenta de sí mismo; surgiendo como consecuencia un nuevo orden dentro de él. Al mirarse a sí mismo desde esa parte de sí, el cuerpo recuerda lo que Es, recupera sus conexiones y se reconoce como parte del Todo. En este proceso, a veces, brotan de su memoria situaciones que forman parte de su historia, como si necesitara volver a vivirlas para seguir construyéndose; o como si mirarlas con nuevos ojos le permitiera aprender lo que antes no había podido; y en ese camino, sanar. 

¿Mirarse a sí mismo para qué?  Para vivir lo no vivido y cumplir ciclos inconclusos. Para curar heridas que no nos dejan tocarnos, para perdonar y perdonarnos cuando es necesario. Para mirar a los ojos los miedos que nos paralizan. Para integrarnos y superar la ruptura entre nuestro ego y nuestro ser. Para recordar la sabiduría de la vida, y para que así, la vida siga... 

Entonces, la Terapia Neural más que borrar apartes de memoria o “desinterferir” irritaciones, propicia que cada quien se reinvente, recuerde lo aprendido y encuentre su sentido. Las preguntas empiezan a cambiar: en lugar, (a veces además) de preguntase ¿cuál es la irritación que no deja fluir?, uno se pregunta ¿qué debe reconocer de sí mismo cada quien para continuar su aprendizaje?, ¿qué es lo que ahora es posible y necesario aprender?.  

Creo que la Terapia Neural despierta la memoria que nos rescata de los momentos de estancamiento y desesperanza, que no son sino momentos de olvido; trayendo a la conciencia el recuerdo de lo que somos, y de lo que cada uno sabe y  puede. Incita a estar en el mejor momento y lugar, y con la mejor compañía. Es obvio por lo tanto que su intención no es quitar enfermedades, dolores o inflamaciones, ni evitar la muerte. Mucho menos intenta hacer seres invulnerables, estéticos y productivos, por el contrario, nos aleja del deseo absurdo de parecernos a otros y de compararnos con modelos inventados por un sistema que no respeta lo que cada uno es. 

La Terapia Neural acompaña el camino de la vida de cada ser. Es una maestra que sugiere, impulsa y provoca, pero que nunca hace por uno lo que cada quien debe hacer por sí mismo. Ella no obliga a nada, porque sólo es posible que salga lo mejor de cada uno cuando es el corazón el que guía, no el miedo ni la obediencia, sino el amor y la cooperación.  

Es una compañera que nos ayuda a hacernos concientes y consecuentes; que nos permite jugar, caminar y bailar con la vida, cuando la excusa es una enfermedad. La enfermedad, así como las despedidas, la muerte y los problemas, es un momento sagrado, es decir, tiene un sentido para la vida. Es una oportunidad para transformarnos, para ser más felices y más libres. No es una equivocación ni un defecto, por el contrario, la vida expresa su mayor poder y sabiduría justo en ese instante.  

Hacer Terapia Neural es cuestión de fe. Fe en la vida, en que todo siempre está bien a pesar de las apariencias y en que todo tiene un sentido. Fe en el ser humano, en su poder y en su amor. Fe en que somos más de lo que vemos y fe en lo que no vemos. Fe en que los propósitos de la vida son los nuestros. Y sin ofrecer milagros, se cree en ellos y se está atento a encontrarlos en cada momento...  

De esto se trata la Terapia Neural, y en el fondo, de esto se trata la vida; de mirarnos, de encontrarnos y de entregarnos. La Terapia Neural es entonces una metáfora y la aguja, una excusa. Así como de ella, podemos hablar de las caricias, de los abrazos, de las palabras, del amor, del arte... Y también del trabajo social con sentido, es decir, del que busca condiciones que permitan la cooperación y el contacto, del que facilita la producción social de conocimiento, del que reconoce y estimula la capacidad de autoorganización de las comunidades, y del que permite recuperar el asombro y la conciencia de la realidad en que se vive.  

En últimas, el propósito es bailar con la vida. En un baile en el que no hay ni predeterminación ni libre albedrío absolutos; en el que no es posible quedarnos quietos, porque si no, no hay baile, y en el que lo mejor es seguirle el paso y el ritmo, porque si no, no hay gozo, sólo una lucha estéril contra el fluir y la alegría de la vida.  

Bibliografía

Capra, Fritjof, El Punto Crucial, Editorial Troquel, Buenos Aires, 1999.

Eisler, Riane, El Cáliz y La Espada, Cuatro Vientos Editorial, Chile, 1990.

Maturana, Humberto, La Democracia es una Obra de Arte, Cooperativa Editorial Magisterio, Bogotá, 1995.

Murdock, Maureen, Ser Mujer: Un Viaje Heroico, GAIA Ediciones, Madrid, 1991.

Restrepo, Gloria; Velasco, Alvaro y Preciado, Juan Carlos, Cartografía Social, serie Terra Nostra Nº 5, Universidad tecnológica y Pedagógica de Colombia, Tunja, 1999.

Tao Te King, por Richard Wilhelm, Editorial Sirio, Barcelona, 1997.


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